viernes, 28 de diciembre de 2007

ENTREVISTA CON VICENTICO

“El rock puede ser tan reaccionario como cualquier político”: Vicentico

Héctor González

Las luces se apagan y en el escenario aparece un hombre de aspecto desaliñado, su nombre es Gabriel Fernández Capello, pero todo mundo le dice Vicentico. Hace siete años todavía llenaba estadios al lado de su banda Los Fabulosos Cadillacs, hoy sigue tocando pero digamos que lo hace en foros más pequeños, como el Salón Vive Cuervo, donde se presentó hace unos días. El artista argentino es de esos músicos que apenas toman la guitarra se transforman. Durante la plática es tranquilo, mesurado para hablar, incluso no faltará quien diga apático, sin embargo en acción es inmenso, retador –pide silencio, cuando los aplausos no cesan-, bailador y potente. Sus seguidores son jóvenes fieles que celebran cada acorde. Y es que si algún mérito ha tenido Vicentico, es precisamente construir una carrera como solista lo suficientemente sólida para poderse desplegar por otros ritmos, sin problema alguno. Prueba de ello es Los pájaros, su tercera entrega donde muestra una elaborada mezcla de ritmos y sonidos.

¿Tres discos como solista, cómo afronta el proceso de hechura?
Bien, fue muy cómodo. Hacer discos es algo lindo. Uno tiene que ser muy tonto para sentirse mal haciéndolos. Si lo haces es porque quieres celebrar un momento de creatividad, profundidad y alegría. Al momento de componer uno se desdobla. Cada canción es independiente, tiene su propia vida. Pero a la vez, las veo como parte de un disco. Algunas quedan fuera por esa idea de que el disco debe ser redondo. Para mi un disco tiene que ser una cosa completa de principio a fin, pero a la vez cada canción tiene que ser un mundo.

Temas recurrentes son la calle, el barrio, ¿hay una visión nostálgica hacia eso?
No, es una visión del presente. La verdad es que también es algo inevitable. No es algo demasiado pensado adrede. Una cosa es la música, la melodía y lo que se me pueda ocurrir a nivel musical y otra cosa es la palabra. Y en mi caso, la palabra tiene que ver con el presente total y con lo que se acerca, con lo que me ayuda, preocupe y me hace tomar conciencia.

Pero ahora como solista lo hace de una manera más particular, con el grupo eran canciones más sociales…
Sí, lo que pasa es que en los Cadillacs yo no era el único que escribía. Flavio y Sergio también lo hacían. Tal vez por eso había una impronta más social y que tenía que ver con algo que escribía Flavio. Ahora bien, yo lo contaba con mucho placer y no me era ajeno, pero mi modo de escribir es más cerrado, pensando hacia adentro y a algo más cercano. Lo mío es un poco más pequeño, veo más cerca.

¿En verdad tiene la cercanía con el barrio, que maneja en las canciones o incluso en sus videos?
Sí. Salgo a diario con mis amigos a jugar futbol… además soy muy bueno.

Otro tema, es la felicidad, incluso tiene una canción donde reflexiona sobre cómo pasa ante nosotros sin que nos demos cuenta…
“Felicidad” habla sobre la imposibilidad. No sé si me ha pasado, pero a veces uno piensa en ella y parece una tontería, pero en realidad es todo. Es la gran hazaña de las personas. Lograr ser feliz puede ser estar vivo o tener hijos. A veces es muy difícil encontrarnos con eso y agarrarlo. La canción habla sobre eso, de alguien que no puede, que la vio y no se atrevió, tal vez por miedo.

¿El miedo nos impide ser felices?
Sí, en principio la felicidad da miedo. La verdad es que la canción es muy simple, me pasa que a veces soy más inteligente pensando que escribiendo canciones. Creo que si me pongo demasiado profundo no voy a ser entendido. Pero me parece que el miedo a la felicidad es lo primero, en realidad el miedo esconde otra cosa, no sé muy bien que puede ser pero es algo que viene con el ser humano, por lo menos con el ser humano occidental.

De ahí la insatisfacción, uno de los distintivos de nuestra época es esto…
Exacto. Hay gente que ha logrado sacudirse de encima esa insatisfacción y sufrimiento. Esa es la pelea que hay que dar. Nada nos asegura que la izquierda o la derecha nos vayan a hacer felices. Borrar el sufrimiento y estar bien es otra cosa, requiere trabajar para dentro, entenderse y saber lo que eres. Aceptar que uno es un animal bruto dominado por su cabeza y que hay otras cosas.

En ese sentido, ¿cómo es usted?
Estoy en medio del camino. Si logramos hablar de esto, quiere decir que dimos un paso y nos sacamos de encima por lo menos la ignorancia. Ahora lo que nos falta es tomar las riendas y dejar lo que no necesitamos. Todavía no soy una persona que pueda decir estoy liberado de todo y soy un tipo feliz. Tengo aún mis oscuridades, pero bueno estamos en plena batalla.

En su disco anterior viene otra canción que empieza “Soy feliz en barrio”…
Esa canción es una declaración de principios, mis pequeños y tontos principios.

En sus tres discos se ha abierto más a géneros más allá del rock, como el bolero, cumbia o música brasileña. ¿Pesa la etiqueta de rock al momento de buscar en otros ritmos?
No, hay tantas etiquetas y ninguna pesa porque no me las tomo en serio. Lo que pesa es hacer cosas si uno no tiene ganas o al revés. Si quieres hacer una cosa, pero no te atreves porque eres artista de rock entonces sí pesa. En eso soy muy tajante. Hago lo que me apetece aunque luego me critiquen. Si quiero cantar bolero, lo canto.

En este disco hay ritmos brasileños, rancheros…
La verdad es que esto lo decido en función de lo que le sirve a la canción. No sé explicarlo, se da de manera natural. Hago la canción y ya viene con su ritmo. “El fantasma” llegó con ese modo de corrido, tal vez porque imaginé una casa en un barrio mexicano con fantasmas adentro. Me gusta escuchar música y estar pendiente de todo. Pero el momento de la composición depende de muchas cosas, a veces tengo la música y después la letra, o viceversa. Hay ocasiones que puedo tardar seis días en encontrar una palabra y otras, en las que puedo tener la canción en diez minutos.

Usted produjo este disco, sin embargo ha dicho que no lo volverá a hacer, ¿por qué?
Es muy cansado, hay que estar muy atento a todo. Además si yo fuera crítico de mis discos, lo que podría decir de los Pájaros, es que tiene mucha personalidad, pero que en cierto modo está un poco duro y tiene algunos tics míos como cantante. Quiero decir, que producir mi propia voz me hizo estar demasiado ordenado y cuidar el detalle. Arreglé demasiado, volví a cantar cosas que ya estaban bien, pensando que las podía mejorar. Esto hace que exista una sobreproducción que a veces no es tan buena.

Colabora con Calamaro…
Andrés es amigo mío desde hace muchos años. Es muy natural que si estoy grabando un disco, él pase de visita y grabé algo.

Además están en la misma sintonía…
Sí, Andrés desde hace mucho es un artista. Esta en esa búsqueda que va más allá de la tontería del rock o del pop. Es lindo encontrarse con gente como él. A veces tiene aciertos, otras no tanto, pero la búsqueda es honesta. Hay que jugar y no atarse, a veces el rock termina siendo tan reaccionario como cualquier político. Es uno horror decir que el rock debe ser de tal o cual manera.

Otro artista que le gusta es Neil Young…
Me encanta, es mi cantante favorito. Siempre ha estado loco, el Harvest es un disco maravilloso, lleno de canciones hermosas.

Y en el otro polo, tenemos que le gusta Christian Castro…
Mucho, me parece un genio. A todos les causa gracia y me da pena por él, porque parece que yo estuviera haciéndome el gracioso o jugando una broma. Pero en verdad me gusta como canta, tiene canciones buenísimas. Es oscuro, se le nota que esconde una personalidad muy extraña. Hay otros artistas de su estilo a los que se le ven los hilos, a Christian no se le ven, no se sabe en que anda. Es un tipo raro y eso me parece atractivo, a parte tiene una voz cristalina y pura. Me parece un gran cantante y aunque haga una canción horrible, encuentro siempre una cualidad interesante.

¿Le gustaría cantar con él?
Sí, pero me da miedo, porque canta muy bien. Lo admiro demasiado.

Ya lo hizo Soda Stereo ¿qué les falta a los Cadillacs para reunirse?
Hemos hablado del tema y coincidimos en que si nos reunimos lo tenemos que hacer con un disco por delante, pero no sólo eso, el disco tendría que ser mejor a todos los que hemos hecho. Sin embargo, todavía no ha llegado ese momento. No queremos que la gente piense que si nos reunimos lo hacemos por plata. Por lo demás me alegro que otros grupos se junten, es bueno que los amigos se reencuentren.
ENTREVISTA CON ARNALDO ANTUNES

“La música es el más fuerte quiebra fronteras”


La música brasileña de finales de siglo XX y principios del XXI, necesariamente pasa por la figura de Arnaldo Antunes. ¿Compositor, poeta, artista gráfico, por dónde presentar a esta rara avis del arte carioca? Quizá lo mejor sea iniciar comentando que recién apareció Ao vivo no estúdio, dvd que resume sus primeros veinticinco años como letrista e intérprete. “Este material cubre una parte de mi carrera, hay cosas de los veinticinco años de carrera. Están los Tribalistas y varios amigos invitados”. Oriundo de la región de Sau Paulo, Antunes creció bajo la influencia de la poesía, la música de Caetano Veloso y Gilberto Gil. Sus estudios en letras reafirmaron su condición lírica. En la calle, aprendió el ritmo de la vida y algún que otro drible futbolero, “El fútbol y la música son cosas próximas, en lo personal jugué cuando era más chico, ahora he perdido la costumbre, pero me gusta asistir a los partidos. Soy torcedor del Santos y cada vez que puedo asisto a los partidos”, recuerda el artista en entrevista exclusiva.
El tiempo hizo lo suyo, y el balón desapareció por la banda. Las manifestaciones gráficas aparecieron como un nuevo canal de expresión. “Nunca me he sentido especializado en algo. En mi caso, he sentido como natural el tránsito por diferentes lenguajes. Creo que es una herencia de la modernidad. La tecnología, propicia cada vez más la confluencia entre distintos códigos. A través de internet puede recibir información de video, música, texto y fotografía. Es una realidad de mi tiempo. Sin embargo, si puedo decir que todo lo que hago, pasa por la palabra. En una canción a través de sus aspectos melódicos y ritmos; con los libros, por medio de su materialidad gráfica; y asociada con elementos visuales cuando se trata de una caligrafía o una instalación. Mi trabajo parte de la palabra, es como el puerto del que salgo hacia otros lenguajes”.
Hagamos historia, con apenas quince años, Arnaldo Antunes empezó a publicar sus primeros textos. Estamos hablando de 1975, en Brasil la resonancia de gente como Chico Buarque o Caetano Veloso era cada vez mayor, ante la necesidad de demostrar que el país es más que Bossanova. Para finales de esa década, el rock se convirtió en su principal vehículo. Primero con Panorámica y luego con Titas do lele. “Siempre he intentado mantener la misma actitud. He procurado sostener mi nivel de intensidad, me cuesta trabajo pensar en cuál ha sido una fase más intensa. Lo cierto es que cada canción genera una emoción diferente y eso es difícil de medir. El rock es algo más primario, en cambio hay canciones más líricas o amorosas, incluso dulces, pero sin perder la acidez que la escuela del rock me dio. He hecho cosas más constructivistas, que tienen su origen en un juego con el lenguaje. Eso crea situaciones emocionales diferentes. Me gusta cambiar y pasear entre esa diversidad”.
A salto de mata entre la música, la literatura y el arte plástico, Arnaldo Antunes ha construido una trayectoria que ubica en 1993 un punto de quiebre, es entonces cuando aparece Nome, proyecto interdisciplinario que lo coloca como uno de los artistas más versátiles y ambiciosos de su país. Sin embargo, pese a que su carrera como escritor arroja más de una docena de títulos publicados, es en la música donde ha encontrado la vitrina hacia el mundo, “La música es el más fuerte quiebra fronteras que hay, porque emociona, mueve el cuerpo, pulsa el corazón y la piel se retrae. Independientemente de la lengua en que cantes, una buena canción causa una emoción que parte de lo físico. Es una manera de hermanar a las personas y ayudar a una convivencia más generosa”.
En este campo, su discografía se conforma por nueve discos de solista y varias colaboraciones, tal vez la más reconocida a nivel internacional es el proyecto Tribalistas al lado del Carlinhos Brown y Marisa Monte, con ellos obtuvo el Grammy en 2002. Sobre la posibilidad de lanzar un segundo disco con este super grupo reconoce: “Continuamos trabajando y siempre nos encontramos para componer canciones. Gran parte de esa producción aparece en los discos de Carlinhos, Marisa y en los míos, pero por el momento no hay la idea de grabar otro disco”.
Con cuarenta y siete años a cuestas, Antunes habla y su voz siempre grave, envuelve el espacio. Mantiene la curiosidad y mira cuanto puede, sus manos van acorde con la dimensión de su figura. Consciente de su tiempo, ha encontrado en el internet una herramienta no sólo creativa, sino también artística. Viene a la memoria de este reportero la letra de “Disneylandia”, una canción compuesta por Antunes a finales de los noventa y quizá una de las piezas que mejor resume el fenómeno de la globalización. “Filho de imigrantes russos casado na Argentina com uma pintora judia, casou-se pela segunda vez com uma princesa africana no México/ Música hindú contrabandiada por ciganos poloneses faz sucesso no interior da Bolivia. /Zebras africanas e cangurus australianos no zoológico de Londres./ Múmias egípcias e artefatos íncas no museu de Nova York”, reza la letra. “Vivimos una época donde es fácil acceder a la información. Pero, para encontrarla hay que buscar primero, de lo contrario sólo nos quedamos en la superficie de las cosas. Y parte de ese incentivo para intercambiar las cosas proviene de los medios como la radio, la televisión y prensa, ustedes son actualmente cumplen con el papel de llamar la atención para algunas cuestiones culturales que quien este interesado puede indagar más en internet”, explica.
Explorador nato, el artista paulista gusta del ir a la caza de nuevas propuestas, como ejemplo, su disco Cualquiera realizado en 2006 y donde evade las percusiones, “No me concibo sin experimentar. El disco que mencionas apareció este año y lo grabamos en tres días. Hice a un lado las percusiones porque intente evidenciar más las canciones y hacer una interpretación más serena e intimista, usando los graves naturales de mi voz. Sin imponer mucho volumen, ni rasgar el timbre vocal. Quise cantar saboreando más las palabras, entonces para conseguir ese efecto armé una formación instrumental apoyada en cuerdas, guitarras, mandolinas, ukulele y piano acústico”.
El pasado aparece una vez más y nos remontamos a “Música para Ouvir”, del disco Un som, donde el músico hace conciencia de la presencia de la música en la vida cotidiana: “Ahí lo que hice fue enumerar todas las situaciones que conviven con música, finalmente creo que está presente en todas las relaciones humanas, ¿cuándo entendí esto?, no lo sé. Incluso cuando queremos silencio la música está presente. Es curioso ver como la música nos acompaña. Me llama la atención su aspecto colectivista, no obstante cada vez las personas escuchan cada vez más ipods y audífonos, es decir se está volviendo que se practica cada vez más en solitario”.
La recompensa de escuchar a Arnaldo Antunes requiere esfuerzo. En nuestro país, su obra aún no ha adquirido el reconocimiento debido, no obstante que este año visitó el D.F. para los ciclos de Poesía en Voz Alta, organizados por la Casa del Lago y también la Feria Internacional del Libro. Al músico le entusiasma venir para hacer presentaciones masivas, pero por ahora sólo nos conformamos con la entrevista. “No sé si un arte es remanso ante la exigencia de las otras. A veces quedo muy ensimismado después de grabar un disco y escribir me ayuda. Hay otras ocasiones, en las que después de hacer una serie de conciertos me viene un poema o una obra gráfica. Es curioso, nunca me lo había planteado, pero creo que el único momento en que no compiten una con la otra, es cuando no estoy envuelto en algún proyecto en concreto. Algo que sí te puedo decir es que mis preocupaciones creativas son las mismas para cualquier disciplina: la claridad, la emoción, decir el máximo con lo mínimo. ¿Cómo ejercer eso en cada obra? Ese es el reto. Mi método es trabajar cuerpo a cuerpo con el lenguaje y pensar y repensar los caminos antes de decantarme y encontrar la luz al final del túnel”.

viernes, 23 de noviembre de 2007

maestro

Cormac McCarthy. La carretera. Mondadori. Traducción: Luis Murillo Fort. 210 pp.

A mediados de año Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933), dejó boquiabiertos a los críticos estadunidenses cuando aceptó ser entrevistado por Oprha Winfrey –su equivalente región cuatro podría ser Cristina Saralegui-, después de que la conductora pusiera su nueva novela La carretera, en su libro club. Según el conteo oficial esta fue apenas la tercera entrevista del escritor en su vida. Hace unos años el narrador estadunidense Jonathan Franzen, movió cielo y tierra, para que Winfrey sacara una de sus novelas de su club literario, argumentando que eso le quitaría lectores masculinos. Poses más, poses menos, McCarthy apareció en el programa más visto de la televisión y gringa y desde ahí habló de su obra más reciente, que por si fuera poco también presume de haber ganado el Premio Pulitzer de Novela 2007.
Dentro de un Estados Unidos derruido, un padre y su hijo viajan en busca de víveres, el triunfo será sobrevivir un día más. Sus pertenencias se reducen a unas cuantas cobijas y un carrito de supermercado. La travesía implica hurgar en casas desabitadas, para encontrar latas o botellas de agua, pero también escapar de ladrones o grupos que han optado por abastecerse de alimento mediante la antropofagia. El lenguaje de McCarthy es lacónico, profundo pero sin revestimientos dramáticos exagerados. Ante una prosa de este tipo, según Harold Bloom, comparable con el mejor Faulkner, no hay carga moral que valga. Sus diálogos tipo Beckett, tienen la contundencia suficiente para desnudar a los personajes:
“Nos vamos a morir
Algún día. Pero no ahora
Y todavía vamos hacia el sur.
Sí.
Para no pasar frío.
Así es.
Vale.
¿Vale qué?
Nada. Solo vale.
Duérmete.
Vale.”
Cualquier adjetivo sobra. Cormac McCarthy revisa la condición humana con rayos X. Sabedor de que su papel no es juzgar, sino apenas cuestionar y en el mejor de los casos exhibir, no hace parábolas sobre qué fue lo que pasó en su país, para como están las cosas podría haber sucedido cualquier cosa. ¿De qué sirve preguntarse cuando ya todo se perdió? Pero ahora en el escritor no todo es dureza. La novela está dedicada a John Francis McCarthy su hijo de ocho años, “el libro nació en un viaje a El Paso, Texas con mi hijo. Vi la imagen de unos fuegos en las montañas y todo lo demás destruido. Y comencé a pensar en mi niño”, dijo el escritor a Winfrey. En La carretera, la preocupación es evidente, “La oscuridad llegaba de nuevo y hacía mucho frío y volteó y fue a donde había dejado al chico y se arrodilló y lo rodeó con sus brazos y lo sostuvo”, narra el padre. Cormac McCarthy probablemente ha escrito su novela más apocalíptica, pero también una de las más bellas. El nivel al que lleva la relación padre-hijo estremece. No importa que el mundo se venga a bajo, siempre que existan este tipo de historias podremos decir, que no todo está perdido.

hay que leerlo

Edgar Omar Avilés. La noche es luz de un sol negro. Ficticia. 165 pp.

Hablar de escritores “jóvenes”, implica abrir una gama de interpretaciones. Para algunos, Jorge Volpi a sus treinta y nueve años, es todavía un autor joven; en tanto que otros ubican en esta categoría a los adolescentes que aún estudian y que sin rebasar los treinta empiezan a publicar. ¿Un hombre o mujer que publica su primer libro a sus cuarenta y cuatro primaveras es un autor joven? ¿Cuál es la frontera que divide al rango? No lo sé y no pienso entrar en esa discusión. Es más en el caso de Edgar Omar Avilés (Morelia, 1980), no hay tal controversia. A sus veintisiete años el narrador michoacano presenta su primer volumen de relatos, con algunos de ellos ha obtenido ya varios premios y becas. Cercano al género fantástico, el autor construye universos donde nada es lo que parece y el factor sorpresa es una constante. Cierto es que Avilés a veces recuerda a Bioy o a Borges, sin embargo, en cada relato existe una profunda indagación por encontrar una voz que luce en sus mejores momentos cuando reviste sus historias con una amargura barnizada por humor negro. “Cada noche se hasta donde me arrastrará el día venidero. Intento burlar una y otra vez, no lo consigo. Si esta escrito que perderé las llaves del departamento, estas, sin importar cuál se mi voluntad, se perderán”, cuenta en “La Burla”, el joven que ve como su vida está inscrita en un libro de autor anónimo. Para Avilés nada es fortuito, empezando por la estructura del volumen. La primera parte lleva por nombre Cuatro son las puertas, aquí los personajes parten de insatisfacción que los confronta con proyecciones desbordadas de ellos mismos. En “Mal de ojo”, el protagonista pide como deseo a una botella de cerveza –les puedo asegurar que esta es una práctica más común de lo que parece- que una parte de su cuerpo se rebele. Su petición se convierte en realidad y uno de sus ojos toma carretera para llevar una vida independiente. Un caso más extremo, “El extraño caso de Martha”, cuento donde una adolescente preñada por un pepino – imagine el tipo de bebé-. Dramático por si mismo es “Vida extra”, donde Pahko se juega la posibilidad de una segunda oportunidad para rehacer su miserable vida.
En el mismo tono, pero quizá más experimental en la forma es la segunda parte Insecto y alfiler. Edgar Omar Avilés lleva la concreción hasta los niveles de la minificción, con, en general, resultados favorables. Prueba de ello es “Acto final”: “Tras secarse el sudor con un pañuelo, la concurrencia presenció cómo se ahogaba, impedido para respirar. Fue así como se supo que no era un charlatán: el mago por descuido se había borrado la cara”. En su conjunto La noche es luz de un sol negro, es un compendio de historias donde predominan las realidades paralelas. En tanto que Edgar Omar Avilés es un auténtico autor joven, que más que prometedor, ya es una realidad.

la nueva de rivera garza

Cristina Rivera Garza. La muerte me da. Tusquets. 354 pp.

Advertencia. Quien busque una novela lineal y convencional, tendrá que abstenerse del nuevo libro de Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964). Si algo ha distinguido la obra de la escritora, es su capacidad de movimiento y experimentación. Una narración en distintos planos, así como una estructura fragmentaria, son ya, firma de la casa. Anteponer la estética a la historia, es un trabajo difícil. La mayoría de quienes apuestan por ello no pasan de ser desangelados preciosistas incapaces de conmover, incluso al lector más blando. Con Rivera Garza no es así.
Estamos ante un asesino serial. Cuatro son sus víctimas, todas hombres y todas terminan castradas. De casualidad, el personaje Cristina Rivera Garza se topa con uno de los cadáveres e informa a la policía. El caso es tomado por una detective y seguido por una periodista de nota roja. Las únicas pistas son los versos de Alejandra Pizarnik, que el victimario deja cerca de los cuerpos. En primera instancia, la narración retoma las atmósferas del thriller. Las piezas se mueven y en distintos momentos cualquiera puede ser culpable. La investigación abre un abanico de interpretaciones que consiguen hacer del lector un testigo confundido. Mas, Rivera Garza no se queda en ese terreno y hace de La muerte me da, un mosaico casi plástico, capaz de tomar distintas caras. Por un lado la reflexión sobre la violencia; pero en otro sendero se presenta un estudio sobre la literatura de Pizarnik, incluso aparece integrado el ensayo El anhelo de la prosa, escrito por la propia Rivera Garza y que gira alrededor del esfuerzo literario de la poeta argentina. Una vuelta de tuerca más, es el poemario La muerte me da, escrito por la detective de nota roja. Para este punto, el lector ya es parte de este juego metaliterario que exige concentración y por lo tanto complicidad. “El escritor: un forense que anota lo que sale de adentro./ El lector: el ministerio público que testifica los hechos./ (Una historia de amor)./ El olor a sangre sobre todo eso.”, escribe.
Reitero, lejos del estilismo vacío, Rivera Garza se sirve de la estructura para mantener la tensión y fortalecer a los personajes. Quizá ella y Mario Bellatin, sean los autores más pujantes y talentosos de su generación, en lo que ha experimentación literaria se refiere. Con La muerte me da, la escritora consigue una novela ambiciosa, tal vez demasiado ambiciosa por todo lo que encierra, no obstante es también uno de sus libros más consistentes.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

springsteen en vivo y todo calor

El Jefe está de regreso


A un día de Halloween, Los Ángeles alista su disfraz. Un sinnúmero de tiendas prometen la máscara de tu vida. Los trajes más demandados son los de Freddy Krugger y el de ahora su antagónico Jason, ambos protagonistas de las peores pesadillas estadunidenses, y también de una de las peores cintas que el cine de horror haya visto Freddy vs. Jason. Al este de la ciudad, el lado latino, ahí todavía hay espacio para algunas ofrendas, una calabaza con cuerpo de calavera de Posada, lo que antes era sincretismo ahora es globalización.
En la capital mundial de la ficción, Hollywood dix it, los incendios que hace unos días ocupaban las ocho columnas y grandes espacios en los noticieros, parecen corresponder a una película antigua. En las marquesinas, los Medias Rojas de Boston, campeones del béisbol, tienen lugar privilegiado. A su alrededor y entre una infinidad de notas que van desde la visita de Paris Hilton a Moscú, o la nueva de Hilary Clinton, hay espacio para anunciar el concierto de Bruce Springsteen en el Sports Arena. Magic es el nombre del nuevo cd, con que el artista ha vuelto a las andadas, tal vez su grabación más nostálgica en años, después de su tránsito por la militancia política, -en 2004 junto con artistas como Pearl Jam, Rem, Neil Young y John Fogerty realizó el Vote for change tour, para promover el voto por el demócrata John Kerry- y de su experimentación con canciones Pete Seeger, venerado cantante de protesta, en lo que los críticos bautizaron como folk and roll.
Cerca de las siete de la noche, los alrededores del estadio están infestados de autos, como buen mexicano pienso: “tráfico el del defe, con que poca agua se ahogan los gringos”. Boleto en mano, un negro de casi dos metros me pide que se lo venda, para que él a su vez lo venda una pareja. En taquilla, un fosforescente letrero de sold out confirma lo que ya se sabía. Quien quiera una entrada, tendrá que pagar por lo menos trescientos dólares a los revendedores. Por obvias razones en la tierra del consumo, la reventa es un negocio tan legal y honorable como cualquiera. A un costado de la entrada, tres limusinas se estacionan. Unos cuantos curiosos nos acercamos para ver bajar a alguna celebridad, que nos haga decir: “en el concierto también estaba fulanito de tal, él que salió en merengadita”. Pero nada, no baja nadie. Rumbo a la entrada, una revisión de rutina. Si bien en el boleto se lee “No cámaras”, deberían añadir en letra pequeña, al menos, “a la vista”, pues a lo largo de presentación, brotan sin discreción.
Son las ocho treinta, cuando las luces se apagan. Sobre el escenario cuatro encapuchados llevan un ataúd. Un reflector apunta a una mano que se alza del féretro, es Springsteen que acto seguido resucita agarrado de su guitarra. Un cliché, que sólo algunos explotan con tino, para entonces el público ya está de pie. Los primeros acordes de “Radio Nowhere”, revientan al son de un puro y duro rock. El músico es acompañado por la mítica e imponente E Street Band, nueve sujetos de envidiables cualidades.
Sin respiro el artista de New Jersey, hila una, dos, tres canciones, clásicos como “The ties that bind” y piezas nuevas “Livin’ in the future”, son motivos de baile. Un cambio de guitarra y un ademán son la señal para que el baterista Max Weinberg cambie de tema. Gran parte de la leyenda de Springsteen se sostiene en sus actuaciones en directo. El periodista español Diego A. Manrique, lo define así: “Son ceremonias torrenciales, celebraciones del poder social y físico del rock. Una comunión, que sugiere que el hombre de los vaqueros y la guitarra Fender podría ser uno de nosotros: nada que ver con la distancia impuesta por un Bob Dylan, mucho menos con la arrogancia burlona de un Mick Jagger”. En su país, el público de Bruce Springsteen, es adulto, a lo más un padre que lleva a su hijo, pero la gran mayoría rebasan los treinta años. Otra peculiaridad, es que la inmensa mayoría son blancos, apenas unos negros, orientales y todavía menos latinos. Pareciera que aún pesa sobre su espalda el estigma de la malentendida “Born in the USA”, que muchos tomaron como un himno gringo, cuando en realidad es una cruda y ácida canción sobre el país de las barra y las estrellas: “Nací en un pueblo de mala muerte/ la primera patada que recibí fue cuando caí al suelo/ Acabas como un perro al que le han dado demasiados palos/ hasta que pasas media vida cubriéndote”, reza el principio de la canción, que dicho sea de paso, no encuentra lugar esta noche.
Varias fechas anteceden al concierto en L.A. La banda parece llegar en uno de sus mejores momentos. La gente pide fiesta, y el compositor se la da. Histriónico como siempre, gesticula, baila a lo Elvis, interactúa, llegado el momento también pide silencio para que se escuche la armónica, una versión blusera de “Johnny 99” y canta: “Señoría, creo/ que estaría mejor muerto/ Y si se puede quitar la vida a un hombre/ por las ideas que tiene en la cabeza/ entonces ¿por qué no se sienta en esa silla/ y piensa en todo esto, juez, una vez más?/ Deje que me afeiten la cabeza/ y que me ejecuten una vez más”. A estas alturas Springsteen tiene un público más depurado, claudicaron aquellos que no le perdonan su simpatías demócratas. El resto se mantiene fiel a su causa, con ellos le alcanza para vender casi cuatrocientas mil copias de Magic en dos semanas y regresar a los primeros lugares. La primera hora y media de concierto concluye entre sudores y cánticos. Las luces se apagan con la catártica versión de “Banlands”. Los gritos de “Bruuuuce”, obligan a que el músico vuelva escena. Las luces del Sports Arena se encienden en su totalidad. El único encore de la noche dura cerca de una hora. Sin respiro, el artista encadena clásicos “Born to Run” y el hit de los ochenta “Dancing in the Dark”. En la biografía Bruce Springsteen on tour, el periodista Dave Marsh, es puntual cuando advierte que sus seguidores buscan el derroche energético de Springsteen antes que sus trabajos intimistas, lo cual produce sentimientos encontrados en el rockero. Aún así, en esta ocasión sede. Dos horas y media de concierto que concluyen con “American Land”, canción tradicional de mediados del siglo XX, que recuerda como que Estados Unidos es antes que nada un país de inmigrantes. En las tierras gobernadas por Schwarzennegger, Springsteen lanza un mensaje claro y la presentación llega a su fin. Por el cuerpo corre un calor energético que atempera el frío. Por los corredores, conocidos y desconocidos intercambian impresiones. A la salida, las limusinas siguen a la espera de su cliente, algún acaudalado que viaje en estos taxis, eso sí, de lujo

lunes, 8 de octubre de 2007

Héctor González

Juan Villoro. Los culpables. Almadía. 124 pp.

Tengo que confesar una cosa: siempre he preferido al Juan Villoro (ciudad de México, 1956) de la narración corta que larga. Me parece que es donde mejor se mueve y alcanza efectos más contundentes, gracias a sus dotes para narrar sin rodeos y un profundo conocimiento de la palabra. Hecha la advertencia, la lectura de Los culpables, me entusiasma desde el momento en que veo, se trata de un libro de cuentos. Dentro del volumen encontramos algunos relatos nuevos y otros no tanto, como “Amigos mexicanos”, que no es otra cosa más que una segunda versión de “Entre amigos”, un texto aparecido en el periódico español El País, en 2000. Aquí, desarrolla la historia de un guionista con un amigo periodista estadunidense que viaja al país para investigar temas de escándalo político y social. El relato se apoya en la frase, citada por el mismo Villoro, que comentó alguna vez William Burrouhgs a un colega: “No te preocupes: los mexicanos sólo matan a sus amigos”. El mismo texto sirve, también, para resaltar parte del caótico y a veces, surrealista paisaje que se dibuja en la ciudad de México. Amigos que se acuestan con las esposas de sus amigos, pero que al final hacen todo por ayudarlos, secuestros, agentes de policías con casi derecho a todo, etc. Todos elementos de una cotidianidad que encuentra su riqueza, justo en la asimilación inconsciente, pero que para quien ganara el Premio Xavier Villaurrutia en 1999, no deja de convertirse en materia prima. Otro ejemplo es “El silbante”, referido a otro de los temas predilectos de Villoro: el futbol. Un futbolista es reclutado por trillizos, embajadores plenipotenciarios de un cártel de narcotraficantes que acaba de fundar un equipo en Mexicali. Su traspaso incluye un episodio de desamor. Finalmente, la aventura por tierras fronterizas tendrá un toque tragicómico. Menos delirante y sí, más complejo, resulta “Los culpables”, donde un par de hermanos consiguen vender un guión a una empresa multinacional para filmarlo. Previo al acuerdo, el narrador y autor, tuvo romance con la ex de su hermano. La loza de la mentira se hace más pesada con el tiempo, hasta que llega el momento del desquite, mismo que se consuma cuando su hermano se lleva las palmas por la película. Es precisamente, este relato el que da pie para entrar en el tema que es el hilo conductor del libro: la culpa. Juan Villoro incursiona no con poco humor, en un sentimiento que de una u otra manera todos padecemos. Los personajes presentados en cada uno de los siete relatos, no se desmoronan ante el infortunio porque sienten que la desgracia es producto de algo que en el pasado hicieron mal. La carga de ironía, admite la burla y es en este rasgo donde el libro alcanza su mayor acierto.
Otros títulos de Juan Villoro son: La casa pierde y El testigo.